Ogros ejemplares

Buddy Bolden: demencia en Customhouse   
Daniel Centeno M.
Caracas, 2011

Buddy Bolden se compra un acordeón, lo toca y no está satisfecho.
Buddy Bolden lo cambia por una armónica, la toca y tampoco está satisfecho.
Buddy Bolden encuentra una corneta en la calle.
La toca de oído y le gusta lo que sale.
En 1895 arma un grupo con un trombonista, dos clarinetistas, un guitarrista y un contrabajista.
Está bien lo que hacen, pero aún no queda satisfecho.
Buddy Bolden le mete una batería.
E inventa el jazz en 1905.


***

Nunca llegó a grabar algo en su vida.

***

La zona de Bolden era la calle Gravier, cerca de Rampart, Basin y Franklin. Fue el área de la historia de las comunidades negras The Swamp y Smoky Row, en donde unas 100 putas negras, desde niñas vírgenes a mujeres de 70 años, buscaban billetes a cambio de fluidos. Más adelante, en Storyville, los doctores ofrecían tratamientos para la gonorrea, mientras en la acera de enfrente algunas veteranas vendían aceites para el coito anal. A finales del siglo XIX la zona tenía dos mil prostitutas, 70 tahúres profesionales y 30 pianistas que vivían de las propinas. El rey del barrio, Tom Anderson, publicaba el Libro Azul, en donde aparecía la famosa lista de putas habidas y por haber en Nueva Orleans, ordenadas por color y por las letras del alfabeto. En ese volumen destacaba Emma, la francesa, quien regresaba los dos dólares del servicio si existía un mortal que le aguantara un minuto entero de su meneo después de penetrarla.
Esas eran las calles de Bolden.
Allí tenía su barbería: el salón de afeitado de N. Joseph.
Allí cortaba el pelo, sin importar si estaba sobrio o borracho.
   
***

Bolden tenía al rey del barrio de mecenas, quien le enviaba todos los días dos botellas de whisky de centeno Raleigh Rye. Cuentan que Buddy se las tomaba desde que abría el negocio, mientras se la pasaba a la clientela de pico en pico en esa barbería forrada con el papel que sobró del Palacio del Caoba, un famoso prostíbulo de la época.
Era frecuente que al mediodía Buddy Bolden estuviera beodo perdido. Era en esos trances cuando sus cortes se volvían más atrevidos.
La clientela temía ese momento.
Por eso en la tarde la cara de la gente era enjabonada por otro barbero. Pero, cuando ésta pensaba que estaba en buenas manos, Bolden abría una puerta y volvía dando tumbos con la navaja de afeitar. Nadie podía resistirse o llevarle la contraria. Él gritaba a viva voz que tenía nervios de acero. Y se disponía a cortar bigotes en personas que querían mantenerlo.
Los habituales sabían que debían llegar antes del mediodía para evitar molestias y heridas.

***

Buddy Bolden odiaba echarse siestas en el salón de afeitado de N. Joseph, porque lo dejaban totalmente sobrio.

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Si existía algo que le gustaba a Buddy Bolden era trabajar en The Cricket. Éste era un pequeño periódico creado por él. Como editor se esforzó a su manera: en la barbería casi todos los clientes eran soplones que daban el grueso de las notas para el pasquín. Bolden publicaba todo lo que le decían, sin comprobar la veracidad de tantas teorías descabelladas y hechos aislados.
Las noticias de The Cricket tenían que ver con el análisis de los matrimonios rotos, chismes sobre otros músicos y el cotilleo de los criados de gente importante. Algunas historias parecían sinopsis de cuentos dignos del surrealismo: gallos de peleas que atacaban a sus árbitros hasta matarlos a picotazos, lo que tardaba todas las mañanas un político de la zona en decidirse por una camisa, marinos que lanzaban a las putas por la borda para que alcanzaran la orilla con su esperma intacto, cerdos que comían manos de granjeros, iguanas que cometían asesinatos, etc.
A veces, Bolden se metía en la escena del crimen y disfrutaba trazando planos de lunático para las notas de The Cricket.
Así lo mantuvo desde 1899 hasta 1905.

***

Bolden tenía una mujer de nombre Nora Bass. Con ella hacía el amor todas las tardes, a las 4, al cerrar la barbería. Era una antigua prostituta, al igual que todas sus hermanas con las que Buddy también se había acostado en su momento. Su suegra millonaria, una viuda borracha que siempre andaba con una pitón a cuestas, solía visitar a Bolden. Cuando se veían, los dos tomaban y conversaban hasta quedar inconscientes.
Una noche la mujer se metió en su carro y se despidió de su yerno. Algunas horas después Buddy consiguió el Envictor con el cadáver de la suegra adentro: alguien la había estrangulado.
Cuando fue a la comisaría con la muerta casi lo apresaron por sospechoso. Pero, mientras defendió su inocencia ante los policías, un pillo tomó el coche enfrente de la gendarmería y lo robó con todo lo que tenía adentro.
Sin cadáver no había herencia.
Bolden trazó planos, urdió teorías, colocó mil anuncios en The Cricket para dar con el responsable.
Al cabo de un tiempo un amigo detective le esclareció el crimen: la culebra tomaba el fresco al lado de la conductora. Por alguna razón se enganchó en la rueda trasera de carro, y agarró lo primero que encontró para no ser expulsada: el cuello de la suegra. A salvo, maltrecha y repuesta de la impresión, la pitón se fue por el monte como una homicida involuntaria.

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Bolden desmenuzado:
  • Buddy Bolden era guapo, popular, fanfarrón, mujeriego, alocado. No escribió música, tampoco la leía y tocaba de oído.
  • Llegó a prestar sus servicios en ceremonias, picnics, fiestas, bailes íntimos, entierros y en los vapores del Mississipi.
  • El Masonic Hall o el Globe solían ser sus plazas habituales.
  • Su técnica era capaz de alcanzar intensidades que hacían daño al oído. No le importaba sostener una nota larguísima delante del respetable. No le importaba agrietarse los labios en cada intento.
  • Buddy Bolden no tenía mentalidad de músico profesional.
  • Pese a todo, algunos expertos aseguran que inventó el big four: el salto en el cuarto tiempo del compás.
  • Hay quienes afirman que su sonido era comparable al de Louis Armstrong, pero cuando éste último pegaba su trompeta a un micrófono con los altavoces encendidos.
  • Dicen que Bolden tocaba casi todo en si bemol.
  • Había un dicho en Nueva Orleans cada vez que el hombre soplaba su corneta: “Buddy Bolden is calling his children home”.
  • Los niños lo llamaban King Bolden.
  • Otros lo bautizaron como The Big Noise, porque su sonido se escuchaba a una milla del club en donde tocaba. Algunos, en cambio, iban más allá: juraban que el ruido de Bolden era capaz de atravesar toda Nueva Orleans de cabo a rabo.

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“La ciudad posee otro tipo de acústica; alrededor de ella hay agua, y también la hay debajo… y a esto se añade el calor y la humedad de los pantanos… y debido a lo anterior, y puesto que el sonido es conducido por el agua, estos eran llevados por encima de toda la ciudad cuando tocabas tu corneta en Nueva Orleans, especialmente en noches claras y cuando personas como Buddy soplaban sus maravillosas trompetas…”
Explicación del guitarrista Danny Barker sobre la exageración anterior.

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En el Bolden interno se gestó una pelea entre el bien y el mal en donde, como es normal, el ogro tuvo que pagar las consecuencias.
Muchos estudios dicen que tocó el jazz más lento y persuasivo de la época. Pero el libro de Michael Ondaatje, Coming Through Slaughter, apunta a otro lado: Buddy Bolden no hizo un pacto con el diablo en una encrucijada como el bluesman Robert Johnson. El barbero se saltó todas las alcabalas y ceremonias. Él no estaba para esos trámites… Bolden lo que logró fue mezclar la música de los himnos religiosos con el blues, para después alternarlos las veces que fueran necesarias.
Una música es de Dios; la otra de Satán.
Y al Señor no le gustan nada esos emparejamientos.
Ese fue su gran pecado.

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Todo lo que se tiene sobre la vida de Bolden es insuficiente. No hay ni un disco, ni cartas, ni instrumentos, ni partituras para la posteridad. Su paso por el mundo parece una simple anécdota, un chascarrillo.
Sólo existe una foto real de Bolden. Está vieja y muy borrosa. Es como el Santo Sudario para la religión del jazz.
En ella aparece con la corneta en la mano izquierda y acompañado de su grupo musical. Todos visten un traje oscuro y muy elegante.
El fotógrafo elegido respondía al nombre de Bellocq. Era un enano lleno de deformidades, siniestro, siempre sospechoso de algo. No era de mucho hablar y casi todas sus fotos eran de putas: desnudas, vestidas, con sus mascotas, solas… Esa era su fijación. Por eso, cada vez que asesinaban a una, se lo llevaban a interrogar.
Bolden era su amigo, y quizás no creyó del todo lo que pasó con Bellocq unos meses después de tomar esa foto:
El tullido de los bajos fondos pidió algunas sillas prestadas hasta reunir 17 (no consiguió más). Las colocó en las cuatro paredes de su habitación. Se subió a cada una de ellas, y le prendió fuego al empapelado desde media altura hasta el techo. Luego se sentó en el centro del cuarto de seis por seis.
Y esperó a convertirse en incendio y ceniza.

***

El tramo más aciago en la vida del músico es el penúltimo:
Bolden se perdió de su ciudad por un tiempo. Bolden apareció cuando nadie lo esperaba. Bolden salió a tocar con la orquesta de Henry Allen en un desfile… y enloqueció en medio de la marcha, con su corneta y la música a medio tocar a la altura del 335 Customhouse, la calle que luego se llamaría Iberville, el sitio exacto en donde el inventor del jazz perdió el juicio.
Nadie entendió qué carajos pasó.

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Algunos piensan que fue por el calor inclemente de ese día. Otros por sus problemas personales. Lo más pragmáticos coinciden en que todo fue culpa del alcohol.
Quizás no era nada de eso. Quizás Buddy Bolden pensó en medio del desfile: “no vine al mundo para ser el flautista de Hamelín. Ante todo, soy barbero y editor. O se vuelve loca mi ciudad con mi música o antes me vuelvo loco yo”.

***

A sus 30 años de edad Buddy Bolden fue ingresado al East Louisiana State Hospital para enfermos mentales. El centro tenía una orquesta de locos en la que Bolden nunca se animó a tocar. Él prefirió cortar el pelo, cada vez de peor forma, al resto de reclusos. Cuando terminaba, entregaba las tijeras a la autoridad, y se ponía a discutir por horas con su imagen reflejada en el espejo.
Nunca habló con nadie, ni siquiera con sus visitas.
Nunca, ni en sus peores delirios, se proclamó precursor del jazz.

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“Tratable, responde bastante bien, ilusiones paranoicas, también delirio de grandeza, alucinaciones acústicas y ópticas; habla consigo mismo. Gran capacidad de reacción. Faltan el sentimiento y la capacidad de juicio. Empeora. Pronuncia secuencias de palabras incoherentes. Escucha voces de las personas que lo molestaban antes de venir aquí. Diagnóstico: demencia tipo paranoide”.

Diagnóstico anual del paciente Charles Bolden
East Louisiana State Hospital, 1921

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Buddy Bolden murió en el hospital de locos, el 4 de noviembre de 1931, a la edad de 54 años.
Lo enterraron en una tumba sin nombre en el cementerio de Holtz.

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En el libro El Jazz de Joachim Berendt, el autor afirma que en el hospital aparecieron las 40 o 50 cartas que escribieron la madre y hermana de Bolden.
La mitad tienen que ver con los cinco dólares que hicieron falta para el entierro.
En todas lo llaman Charles.
En ninguna se habla de él como músico.
Ni como genio.

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Entre sus admiradores y discípulos más famosos se cuentan Bunk Johnson, Freddie Keppard y Louis Armstrong, quien llegó a decir que la locura de Bolden fue producto de tocar tan alto.
Jelly Roll Morton logró rescatar de su memoria un tema con el que Bolden solía cerrar sus presentaciones: Funky Butt. Así que lo grabó bajo el nombre de Buddy Bolden’s Blues. Duke Ellington también le dedicó un homenaje con la suite A Drum is a Woman. Sidney Bechet fue otro que se sumó al carro con Buddy Bolden Stomp. Nina Simone no se quedó atrás con Hey, Buddy Bolden.


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Nadie entendió qué carajos pasó.

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Ogros Ejemplares
Félix Francisco Casanova: Una luz rodeada de bichos

Nunca pensó el poeta navarro Francisco Javier Irazoki que iba a ser un viudo literario. En los setenta publicaba sus críticas en las páginas de la revista Disco Express. Allí escribía a sus anchas sobre toda la música ahogada en grupos como Deep Purple, Yes o Pink Floyd. Y lo mejor de su trabajo: mantenía correspondencia e intercambiaba opiniones y poemas con un lector canario de aguda inteligencia. Su nombre: Félix Francisco Casanova. Su lema en las cartas: “Escucha, elije y calla”.

Por una buena temporada los sobres dejaron de llegar a la redacción. Irazoki hurgó como pudo y viajó a Canarias hasta dar con alguien que le diera razones de Casanova. Quizás lo imaginaba un poco mayor que él, con más vida y burdel. Sus misivas rezumaban sabiduría y actitud canalla. Pero lo que descubrió lo dejó desconcertado: Félix Francisco era un mozalbete de 19 años, que había muerto tan sólo unos días atrás.

Así se lo informó su desconsolado padre, el también poeta Félix Casanova de Ayala, quien lo puso al tanto de los numerosos premios literarios ganados por el niño, antes de entregarle la única novela que escribió su hijo: El don de Vorace.

Irazoki corrió a leer el libro, y quedó encantado de manera fulminante. Luego aburrió hasta el cansancio a su amigo Fernando Aramburu para que le echara una hojeada a su descubrimiento. Éste, quien para el momento impulsaba al Grupo CLOC de Arte y Desarte, un bisoño movimiento surrealista sin norte ni ídolo a quien seguir, tomó el ejemplar. Lo miró. Lo leyó. Y casi tuvo que coger aire para volver a repasar ciertos capítulos de una novela que versaba sobre la inmortalidad. Eso bastó para que de manera inmediata hicieran de Félix Francisco Casanova un miembro póstumo de CLOC, además del mesías artístico y necesario para el colectivo.

A partir de ese momento, el ejemplar de El don de Vorace se erosionó al pasar por múltiples manos y, tanto Irazoki como Aramburu, terminaron por ser los viudos de un adolescente al que nunca conocieron y del que reinó un silencio sobre su obra por más de 34 años.

No obstante, existen datos para armar al personaje:

Si algo sobresale de la biografía de Félix Francisco Casanova era su talento con las palabras y su amor por la música. Ambos son fáciles de rastrear. De su madre, que es de quien menos se sabe, se destaca su belleza canaria y sus dotes para tocar al piano. Su padre, poeta postista, odontólogo de profesión, comunista de raza y fundador del partido Unión del Pueblo Canario; era un tipo raro que, además de llevar un calcetín en la solapa en lugar del consabido pañuelo, escribió poemas antes de dejar los versos para siempre cuando comprobó que no era posible competir con su crío.

Así, con tal suma de genes, no fue un resultado de azares el que Félix Francisco Casanova, nacido el 28 de septiembre de 1956 en Santa Cruz de La Palma, además de enamorado de la música y de la poesía, también naciera agraciado y excéntrico. Su mismo padre se refirió sobre lo segundo poco tiempo antes de morir de mengua:

“Desde temprana edad solía sorprenderme con frases insólitas que yo me preguntaba de dónde podría haber leído. Eran giros sueltos, casi surrealistas y esotéricos, cuyas fuentes me era imposible inquirir en ninguno de los libros de mi biblioteca que pudiera caer en mis manos”.

Los primeros poemas de Félix Francisco fueron traducciones del inglés de las letras de las canciones que más le gustaban. Lo que no intuía en ese entonces era que su vicio iba a transformarse en creación. Si a la edad de 16 gente como Rimbaud, Keats o Von Hofmannsthal rimaban el esplendor de la carne con el bramido del tigre y las calladas rosas; a los 14 años Casanova se atrevió a mostrar los versos de Muro:
“Luego, en el séptimo despertar,
las eternas ojeras te calumnian
y las orugas siguen presas en el muro.
Este viejo sol está harto de brillar.”
Más adelante pasó lo que suele suceder a esa edad: el púber liberó su (rubia) melena, cogió una guitarra, emuló a sus héroes y se dedicó con su hermano menor, Bernardo, a inventar portadas de posibles discos. Resulta curioso imaginarlos en el suelo, con crayones y marcadores, como dos diablillos pletóricos de tiempo libre para la rebeldía. Ambos muertos de risa y urdiendo proyectos, por demás, improbables… Pero como en la vida de un adolescente el dinero no es cosa fácil, Casanova tuvo claro que necesitaba de una fuente de ingresos para cubrir sus gastos de melómano. Quizás sin mucho pensarlo, con la arrogancia digna de su juventud, la consiguió de la manera menos imaginada: postulándose y ganando cuanto premio literario se le atravesara. Su palmarés es impresionante: El invernadero (1973) alcanzó el principal reconocimiento de poesía de Canarias, el Julio Tovar; El don de Vorace (1974) logró el Pérez Armas de novela; el poemario Una maleta llena de hojas (1975) se alzó con el del periódico La Tarde.

Mientras los viejos competidores daban portazos y golpes a las mesas con cada veredicto literario que perdían, el niñato salía pletórico de las discotiendas con álbumes de Crosby, Stills, Nash and Young, John Coltrane, Miles Davis, Soft Machine y King Crimson.

Para esa época el joven escribía en su diario:

“Estos días oigo mucha música, mucha. Siempre estoy naciendo en la música, es inagotable mi sed y también su fuente es inagotable. Y me amansa y me derrama como un cántaro de sangre de montaña, y su amor me toca y soy lo más vulnerable a sus palabras, y mis heridas, mis llagas revenan como un árbol cortado, como el primer día en que amé o leí a Tagore”.

Da la impresión de que ni siquiera la envidia podía con él. Todo Casanova era una fortaleza. Si un enemigo literario hurgaba en la elaboración de sus libros, podía toparse con golpes fulminantes hacia la autoestima. Por ejemplo, para El don de Vorace su autor tuvo el tiempo en contra. La hizo en 44 días para poderla mandar a concurso, con su padre tecleando en la máquina de escribir, mientras Félix Francisco le dictaba las cosas que se le ocurrían sobre la marcha. Este artefacto de lo repentino, que versa sobre un suicida incapaz de morir, no deja de sorprender con algunas frases. Tan sólo el principio es un derechazo directo a la cara:

“Me siento realmente mejor. Las vírgulas de agua en la ventana desdibujan el paisaje, o quizá son mis ojos los que despliegan esta cortina de lluvia a mi alrededor. Creo que he sonreído justo como los moribundos alegres, pero tampoco en esta ocasión termino de morirme. Estoy llegando al colmo de lo grotesco”.

Más adelante describe de esta forma la concurrencia del salón de una fiesta de disfraces a la que, vestido de diablo, el inmortal Bernardo Vorace le prende fuego:

"Bombones derretidos, a San Cristóbal le flamean sus patas de corcel, el niño bendito cae carbonizado. A la cucaracha de mi boca se le revienta el tórax. El perro verde grita que es un sabotaje comunista. El león se carcajea de hinojos con sus manchas siena humeando. La bestia bicéfala se parte en dos, a una mitad se le ennegrecen los dientes, y a la otra se le cae una viga ardiendo sobre el pubis..."

Confiado de sí, Casanova no paró. Fundó con su amigo Ángel Mollá el grupo musical Hovno (mierda en checo) y escribió un manifiesto artístico del mismo nombre. Casi ninguno de sus párrafos tiene desperdicio:

“No cortaremos aquello que sea necesario cercenaremos podaremos y castraremos todo aquello que impida el desarrollo de lo que nace las enredaderas nos gusta la postura dadá de "destrucción" por la "construcción" imposible construir sin apartar los escombros "crítica constructiva" suena en nuestros oídos a elogio y adulación”.

Irazoki y Aramburu, ahora viudos, babearon. Dieron con sus otros libros y empezaron a estudiarlo. Por sus manos pasaron los títulos ya nombrados y también los poemarios Espacio de hipnosis (1971), El sumidero (1972), Nueve suites y una antisuite (1972), Invalido las reglas (1973), Ocioso en los amaneceres (1973), Cuello de botella (póstumo y a cuatro manos con su padre, 1976), Estampido del gato acorralado (póstumo y a cuatro manos con su padre, 1979), Los botones de la piel (póstumo y a cuatro manos con su padre, 1986), La memoria olvidada. Poesía, 1973-1976 (póstumo, 1990) y el diario personal del año 1974 Yo hubiera o hubiese amado (1983, póstumo).

Ellos celebraron su humor negro, su falta de solemnidad, su postura de renegado frente a los círculos intelectuales y su completo desacato a la tradición literaria española. También se fijaron en la capacidad que tuvo Casanova de saltarse cualquier intento de imitación, pese a sus tempranas lecturas de Kafka, Baudelaire, Borges y Hesse. Su poesía era vibrante y al mismo tiempo llena de una sobriedad misteriosa. Pero hay algo que los descolocó desde el principio: el tema del agua en su obra, a la que siempre asociaba con la muerte. Y lo otro: que su única novela versara sobre el suicidio.

Sin embargo lo que más intriga es la historia que contó su hermano. Tan es así que aún registra la fecha exacta de todo: el 14 de enero de 1976. Ese día Félix Francisco, sonriente, fue a darse una ducha. Antes de entrar le pidió a su compinche que nunca dejara de comprar discos, y que siempre siguiera aumentando la colección de música aunque fuera en su honor. Era un comentario loco de un coleccionista nato.

Lo cierto fue que de esas aguas no volvió. Fue su padre quien lo encontró muerto en la bañera, luego de romper la puerta a patadas. Con su melena empapada lo llevó en sus brazos, desnudo y frágil, hasta el hospital. Pero ya nada se podía hacer. Félix Francisco Casanova había muerto por inhalación de gas a los 19 años y de forma accidental...

Un mes antes había escrito su último poema, dedicado a la novia que lo había dejado, María José Sánchez Pinto. Su título: Eres un buen momento para morirme. Algunos de sus versos dan pie para todas las teorías posibles:
“Te bebo en cada vaso de agua
que sacia mi sed,
mis palabras son claras como niños pequeños
o espesas como semen empapando cortinas,
pero hoy tengo que inventar
un nuevo idioma 
*** 
Debes saber que a veces
soy como un entierro interminable,
siempre triste y azul
subiendo y bajando
por la misma calle. 
*** 
Quiero arrollarte, enrollarte y arrullarte,
montaña de aguardiente
y tarde rojiza.
Eres un buen momento para morirme.”
Hay maneras de maneras para llevar un luto. El de Félix Casanova de Ayala tiene su punto: el de mutarse en exégeta de su primogénito. Despojado de su hijo, y sin la esposa que había perdido tres años antes, pensó que la mejor manera de honrarlo sería a través de la curaduría de su obra. En el prólogo de unos de sus libros póstumos escribió:

“Te recuerdo escribiendo ese prólogo que ahora me sobrecoge y entonces no entendía. Tú, el único poeta al que yo no podía envidiar, aunque me era envidiable, me has dado la respuesta, a tu modo, sobre la marcha, alegremente. Sí, ¡ojalá sean éstos, poemas para la reencarnación!”.

Ya han pasado muchos años de todo. De la familia Casanova Martín sólo queda un miembro. Por fin sonríe del rescate que se ha hecho de la obra de ese adolescente de tercero de Filología Hispánica, que siempre será su hermano mayor. Unas niñas se acercan a una librería de Madrid y ven, embobadas, la belleza insultante de aquel autor precoz. Lo miran y dicen comentarios morbosos. Incluso lo confunden con algún músico de moda. Bernardo calla, y sólo asienta a decirle a un periodista desde Canarias:

“De alguna manera nunca me he recuperado. Mi hermano era como nuestra madre, lograba que todo girara a su alrededor, como esas luces brillantes siempre rodeadas de bichos.”

En las primeras páginas de El don de Vorace, el protagonista despierta aturdido después de pegarse un tiro en la sien. Su amante, al abrir la puerta de la casa y descubrir la escena, grita: “¡Mi pequeño inmortal! ¡Nunca lo conseguirás, eres Dios, eres Dios! ¡Mi linda bestia ensangrentada, eres un Diablo!”

Se hace difícil no pensar que en la esencia de esa intervención, Félix Francisco no haya jugado a escribir las pautas de su propia posteridad.

1 comentario:

  1. Que triste la vida de Bolden realmente queda una incertidumbre!

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